El cuarto poder
El cuarto poder —Ahora ya no puede ser. Están concertadas las condiciones. A menos que ellos lo propongan de nuevo, las puntas irán afiladas. A usted le conviene mucho porque tira el florete…
—Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi adversario.
Peña guiñó el ojo con malicia.
—No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. Sà usted puede ensartarlo ¡fiiit!, como un pajarito, no deje de hacerlo.
Estas últimas palabras las acompañó el ayudante con un gesto expresivo, traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los estuviese introduciendo por un cuerpo humano.
Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guardó prolongado silencio. Al cabo, manifestó sordamente:
—Lo que sentiré es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a fondo.
—¡Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no sentirá usted dolor alguno en las piernas. ¿No le ha sucedido dejar de sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del dentista para sacarla?
Este sÃmil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso de risa, que duró buen rato. Belinchón se mantuvo grave y sombrÃo, como deben estarlo los héroes la vÃspera del combate.