El cuarto poder
El cuarto poder La noticia corrió como una chispa eléctrica por la población. El pasmo de los vecinos era indescriptible. A ninguno le cabía en la cabeza que una persona, entrada ya en años, con hijos casados, fuese a darse de sablazos con otra por cuestión de un ramal de carretera. Sin embargo, el partido que Belinchón acaudillaba admiraba la decisión y el valor de su jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. Soñó que el sable del director del Porvenir le abría por el medio. Una mitad se la llevaba el vencedor como trofeo. A Sarrió solo volvió la otra mitad. Sus mismos gritos le despertaron. A doña Paula, que dormía a su lado, la aterraron de tal modo, que fue necesario acudir al antiespasmódico. Belinchón, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada a su consorte. Lo que hizo fue beber un trago del antiespasmódico.
Al día siguiente salió en coche para Lancia, acompañado de Peña, Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la carretera, más de cien personas le despidieron. Ante aquella manifestación de cariño, don Rosendo se sintió enternecido.
—¡Buena suerte! Pongan ustedes telegrama, ¿eh? No se diga que Sarrió queda por debajo de Lancia.
Don Rosendo fue estrechando con emoción las manos de sus partidarios. Todos se le ofrecían para acompañarle, y le prometían venganza para el caso de perecer en la lucha.