El cuarto poder

El cuarto poder

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Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo. Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de los contendientes. La fisonomía de estos tenía el color adecuado a semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos tomaba visos anaranjados.

Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse los sables metódicamente, primero de un lado, después de otro, con un lúgubre sonido que ponía espanto. Al cabo, Villar se arrojó a levantarlo para herir en la cabeza a su adversario… Pero ¡ca!, don Rosendo dio un salto tan prodigioso hacia atrás, que los testigos se miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado también, esperó a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al lúgubre tic tac. Don Rosendo, al cabo de otro rato, alzó el sable… Villar, instantáneamente dio otro brinco verdaderamente sobrenatural, que sobrepujó en mucho al primero. Creyeron que salía de la quinta. Los testigos se miraron todavía con mayor asombro.

La pelea duró, en esta forma, más de media hora. Durante ella, don Rosendo gritó una vez:

—¡Alto!

—¿Qué hay? —preguntaron los testigos acercándose.

—Que me parece que el sable del señor ha perdido la punta.


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