El cuarto poder

El cuarto poder

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Se reconoció el sable de Villar, y se vio que no era verdad. Este rasgo de caballerosidad, más propio de la Edad Media que de nuestros tiempos, elevó a don Rosendo, en el concepto público cuando se supo, a la altura de los héroes legendarios, Roldán, Bayardo y Bernardo del Carpio.

El combate terminó cuando el sable de Villar, sin intención ninguna, tropezó con la frente de Belinchón. Fue un simple rasguño; pero los padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo colocó un gran pedazo de tafetán inglés sobre la herida. El herido dio la mano noblemente a su contrario. Se envió un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a Sarrió. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los campeones se comunicaron con gran expansión los golpes que se tenían destinados, y que por falta de oportunidad no habían podido ejecutar.

—Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la cabeza —decía don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza.

—Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinación que tenía meditada —contesta Villar—. Amago la faja ¡pin! Ataco en falso a la cabeza ¡pin! Usted me contesta al brazo ¡pin! Yo hago una dos a la cara ¡pin! Usted contesta a la cabeza ¡pin! Yo paro y contesto al brazo ¡pin…!


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