El cuarto poder

El cuarto poder

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Aquí el director del Porvenir de Lancia, que mientras describía su famoso y complicado golpe no dejaba de engullir trazando a la vez círculos en el aire con el tenedor, se atragantó con una espina, poniéndose súbito más rojo que una guinda. Hubo que sacarle al fresco. Don Rosendo fue quien le dio los puñetazos consabidos en la espalda para que arrojase la espina. ¡Espectáculo hermoso y ejemplo de hidalguía que no podrá olvidarse jamás!

Terminado el almuerzo, don Rosendo y sus compañeros montaron en el carruaje y se restituyeron a Sarrió. Más de media población, prevenida ya por el telegrama, les esperaba en las afueras. Un grito de júbilo se escapó de todos los pechos al aproximarse el carruaje. Don Rosendo, conmovido, sacó la cabeza, por la ventanilla y se quitó el sombrero ostentando el pedazo de tafetán inglés. A su vista, el público lanzó un ¡hurra! formidable. El vehículo fue escoltado por la muchedumbre. El fundador del Faro, aclamado al entrar en su casa, se vio precisado después a asomarse al balcón, donde fue nueva y calurosamente vitoreado. Por la noche, sus amigos le obsequiaron con una serenata.




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