El cuarto poder

El cuarto poder

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XII

Cómo se divertía Pablito

—Convendría ponerle una barbada suave —dijo Pablito.

—O un filete —respondió Piscis gravemente.

Ambos guardaron silencio. Pablito exclamó:

—¡Maldita yegua! No he visto en mi vida boca más dulce.

—Una seda —replicó su amigo con acento de inquebrantable convicción.

Otro rato de silencio.

—¿Crees que debemos darle más picadero?

—El picadero no sobra a ningún animal —gruñó Piscis con el mismo convencimiento.

—Conviene trabajarla en el trote.

—Conviene mucho.

Mientras así platicaban, dirigíanse los inseparables équites a paso lento desde las cocheras de don Rosendo, sitas en un extremo de la villa, al otro extremo de ella, atravesándola por el medio. Eran las diez de la noche; la temperatura suave, de primavera. Los pocos transeúntes que por las calles quedaban, dirigíanse a paso rápido hacia su domicilio. Únicamente permanecían abiertas las tiendas donde se hacía tertulia, la de Graells, la de la Morana, y tal cual estanquillo. En el Camarote había mucha luz y gran animación. Pablito, en quien germinaban los rencores de su padre, le dijo a su amigo al pasar frente a la aborrecida tertulia:


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