El cuarto poder

El cuarto poder

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—Piscis, tira una pedrada a esa puerta, y rómpeles los cristales.

Piscis, siempre terrible, agarró un guijarro de la calle, esperó a que su amigo doblase la esquina, y ¡zas!, lo encajó dentro del Camarote, haciendo polvo los cristales. Luego se dio a correr. Para que no le conociesen los que salieran en su persecución, se dejó caer sobre las manos, corriendo en cuatro pies con habilidad pasmosa.

En el café de la Marina había también alguna gente. Entraron en él y bebieron en silencio sendas copas de chartreuse, sin que por eso los cerebros dejasen de trabajar activamente. Al levantarse Pablito, dijo:

—Lo mejor será engancharla con el Romero.

—Eso mismo estaba pensando yo —profirió con fuego Piscis.

Después que hubieron salido, este preguntó, no con palabras, sino con una horrible mueca, a dónde iban.

—Allá.

—Bueno; entonces al pasar por delante de casa recogeré el roten.


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