El cuarto poder
El cuarto poder Fernando alargó el brazo y Cosme recogió la navaja. Un vago deseo de levantarse nació en el espÃritu de Pablito. Mas antes de que pudiera adquirir forma, el peluquero le habÃa cogido por la nariz y comenzaba a rasparle.
Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas pestañas seguÃa con mirada inquieta los movimientos de la mano del artista, este le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa afectada que extendÃa desmesuradamente su boca:
—Usted es el señorito de Belinchón, ¿verdad?
—Sà —articuló.
—Yo le conozco a usted hace mucho tiempo —manifestó el peluquero con la misma voz apagada y sin dejar de sonreÃr—. ¡Oh, sÃ, hace mucho tiempo! Usted no me conocerá… ¡Claro!, los señoritos no acostumbran a fijarse en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ahà a caballo y en coche… y también a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila usted muy bien, señorito, ¡muy bien…!
—¡Psch! —profirió Pablito, en quien el deseo de levantarse se habÃa transformado ya en verdadero anhelo.