El cuarto poder
El cuarto poder —Pero ahora —prosiguió Cosme—, ahora, ¿quién es el que se casarÃa con ella a no estar loco…? Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir estas vergüenzas. Si usted hubiera sido un igual mÃo nos hubiéramos visto las caras… Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltarÃa quien me rompiese la cabeza, y sobre eso irÃa a la cárcel… Y sin embargo —prosiguió después de un momento de silencio con acento más ronco—, si yo ahora me volviese de repente loco, señorito… ¡adiós caballos y coches!, ¡adiós bailes!, ¡adiós Valentina…! Con solo empujar un poco la navaja ¡pif!, todo habÃa concluido para siempre…
Pablito, cuyo rostro ya sin jabón estaba tan blanco como cuando lo tenÃa, dejó escapar aquà un jipido tan extraño y doloroso, que Piscis que venÃa observando con ojos recelosos al barbero, saltó repentinamente sobre este y le sujetó los brazos. Pablo se levantó entonces de un salto. El dueño y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un tiempo:
—¿Qué es eso?
—¡Pillo, asesino! —exclamó Pablito lanzándose sobre Cosme, que estaba bien sujeto por atrás y tan pálido como un muerto.