El cuarto poder
El cuarto poder —Naturalmente, ¿qué habÃa de pasar? —prosiguió el artista en un tono de voz indefinible, pues no se sabÃa si querÃa llorar o reÃr. Al mismo tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo para despojarle de algunos pelos importunos—. ¡Naturalmente! Un señorito tan principal como usted, ¿cómo no habÃa de derrotar a un pelafustán como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al oÃdo cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor. Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina… Usted la quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer sus escapaditas adentro, ¿verdad? Y después ¡ahà queda eso…! La verdad, yo querÃa mucho a esa niña…
La voz del barbero volvió a temblar y la mano también. Pablito no pudo siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado.