El cuarto poder

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Mientras tanto, doña Paula explicaba a don Rufo la marcha de su dolencia. Cosío describía con orgullo a Peña y Pablito las grandezas y comodidades del castillo de Bourges, donde el Duque tenía su famosa galería de pinturas.

Solo don Rosendo permanecía silencioso, cada vez más inquieto, haciendo con los dedos nerviosos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se extendió con una sonrisa bienaventurada. Todos levantaron al mismo tiempo la cabeza al escuchar en la calle un trompeteo horrísono. Era la orquesta de Lancia que al fin había llegado.












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