El cuarto poder
El cuarto poder Llegó el momento del café. El Duque, terminado el monólogo arqueológico, habÃa trabado conversación con Venturita, con ese admirable instinto que poseen los orgullosos para comprender a quién fascinan y a quién no. Y su plática se fue animando poco a poco. Alguna vez se dignaba sonreÃr el egregio huésped y hacÃa a su bella interlocutora el honor de levantar los caÃdos párpados para fijar en ella una mirada de curiosidad y simpatÃa. La joven, exaltada por aquella honra, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, departÃa con fácil ingenio y palabra, mostrando tanta gracia y finura, que el Duque quedó de ella altamente complacido. Al parecer, hablaban de pintura. Cecilia y Gonzalo, que charlaban aparte, la oyeron decir:
—¡Oh, Rubens! ¡Qué modo de pintar la carne! Rubens es el Cervantes de la pintura.
Gonzalo volvió la cabeza como si le hubieran pinchado. Y una viva sorpresa se pintó en su rostro.
—Chica, ¿dónde ha aprendido mi mujer estas cosas? —dijo en seguida a su cuñada.
Esta se encogió de hombros. Pero Venturita habÃa observado el movimiento de Gonzalo, su sorpresa y las palabras que dirigió a Cecilia. Se puso colorada, y bajó la voz. Luego, observando la mirada burlona de su marido, le clavó otra, relampagueante y colérica.