El cuarto poder
El cuarto poder Hacía todas aquellas preguntas de un modo distraído, con sonrisa de maniquí, apresuradamente, como si estuviese recitando una lección. Era, en efecto, la página más penosa del libro de la buena educación, aquella en que se advierte que es preciso hacerse agradable a las personas con quienes se habla, interesándose por sus negocios. A Gonzalo y Cecilia los miró un instante fríamente; pero no les hizo pregunta alguna. Cumplida tan ímproba tarea, el magnate volvió a caer en el eterno monólogo. Esta vez no fue sobre pintura, sino sobre arqueología. En Lancia había visto una capilla bizantina que le llamó mucho la atención por su pureza. No había en ella aún síntoma alguno de transformación. La catedral mediana. Solo la torre era notable por su esbeltez. La aguja debía de ser, no obstante, primitivamente más alta, más elancé. Sin duda al restaurarla después de la destrucción causada por un rayo, se habían acortado sus dimensiones. Tenía entendido que Sarrió poseía una iglesia muy bella, estilo plateresco…
Mientras el Duque arrastraba más que movía su lengua en disertación doctísima, infinita (como él diría), don Rosendo manifestaba en sus ademanes y en sus ojos una inquietud extraña que procuraba con cuidado refrenar, aunque sin resultado. Por tres veces había dado recados en voz baja al criado, y otras tantas había recibido de este respuestas, también en voz baja.