El cuarto poder
El cuarto poder ¿Cómo? ¿Sinforoso no era el redactor principal de El Faro, el amigo fiel y edecán de don Rosendo? Ya no. Cerca de un año hacía que se apartara de sus antiguos amigos para ir a formar en las filas de los contrarios. Estos, sospechando la flaqueza de su carácter y las pasiones que germinaban en el fondo de su alma, le habían hecho la rosca, como vulgarmente se dice. Persuadiéronle, por medio de su padre y otras personas, de que unido a los del Saloncillo no haría jamás carrera; que atacando las ideas religiosas de la población no sería recibido en las casas respetables ni bienquisto de las damas. Al mismo tiempo procuraron engolosinarle con la perspectiva de un matrimonio para él muy brillante. La hija de un cuñado de Maza, era la joven que se le prometía vagamente. Al fin, con sorpresa y estupefacción de la villa, traicionó a sus amigos y protectores. De la noche a la mañana dejó la redacción del Faro y pasó a escribir en El Joven Sarriense. No fue impunemente, sin embargo. La primera vez que tropezó con él Álvaro Peña en la Rúa Nueva, a las doce del día, le llenó de denuestos, y lo que es peor, le llenó la cara de dedos. La corrección fue tan vergonzosa, tan humillante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo y altanero, concibió contra su verdugo odio feroz y un deseo punzante de venganza. Armándose de un palo de hierro que le facilitó su nuevo amigo Delaunay, esperó al ayudante en la esquina de la calle de San Florencio, y por detrás le arrimó un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al suelo sin sentido. Transportaron a Peña a su casa y estuvo más de ocho días en la cama. Fueron inútiles los esfuerzos de sus amigos para obligarle a que diese parte a la justicia. A todo trance, como hombre irascible y arrebatado, quería tomársela por la mano, lo cual tenía sumamente medroso al agresor y bastante preocupada a la población. Contábase que el ayudante, mirando desde la cama por el balcón de su cuarto las tapias del cementerio, había dicho con acento de profunda convicción: «El pobre Sinforoso no tajdará muchos días en dojmij allí para siempre». Tales palabras produjeron gran sensación en la villa, porque se le suponía con arrestos para llevar a cabo el propósito. El efecto que hicieron en Sinforoso, no es para ser descrito.