El cuarto poder
El cuarto poder El enojo que la indigna gacetilla les produjo, se fue templando con la esperanza de aplastar muy pronto a los reptiles que la habían inspirado, o por lo menos darles algunos golpes formidables con el ariete del Duque. Los amigos de Belinchón andaban, los días que siguieron a la llegada de aquel, satisfechos y rozagantes, mirando a sus enemigos con ojos provocativos. «Temblad, petates, temblad» parecían decirles con la mirada. El mismo don Rosendo, tan magnánimo, tan filósofo, tan humanitario, participaba de aquel rencor implacable, deseaba ardientemente el exterminio de sus contrarios. Poco a poco, a impulso de la lucha mortal en que estaba comprometido, aquellos sentimientos románticos de progreso, aquel amor a los adelantos morales y materiales de su villa natal, que hemos tenido el placer de admirar en los primeros capítulos de esta historia, habían cedido el sitio a un triste deseo de destrucción. Sin embargo, esto era puramente accidental. Allá en el fondo, su alma quedaba tan pura, tan progresista como había salido de las manos del Hacedor.