El cuarto poder
El cuarto poder —¿Qué me taes, abuelita, qué me taes? —preguntó, mirando con avidez a doña Paula, después de haberla abrazado por las piernas con tal Ãmpetu, que por poco da con ella en tierra.
—La muñeca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.
—Muñeca no… muñeca pa Lalina… yo soy gande… yo quero un chocho.
—No tengo chochos aquÃ, vida mÃa —respondió la abuela mirándola embelesada.
—Tene mamá chocho… Ven… dame uno.
Y la llevó por el vestido al gabinete de su madre.
Al entrar en él la niña, pareció sorprendida y echó una mirada a todas partes. Ventura habÃa salido a recibirlas con la sonrisa en los labios, besando a su madre cariñosamente:
—¡Jesús, qué pinitos! ¿Cómo te has decidido…? No sé si te convendrá subir escaleras, mamá… ¿Te sientes bien?
—No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pÃldoras de Dehaud, me parece que me prueban bien.
—Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca algún efecto… ¿Quieres sentarte?