El cuarto poder

El cuarto poder

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El noble bruto volaba como si le clavase el acicate. Así corrió por espacio de media hora.

—Es imposible —se dijo—. Su caballo es aún mejor que el mío, y me llevaba una delantera de dos tiros de fusil lo menos.

Mas cuando se iba haciendo esta reflexión, y vacilaba en tirar del freno al caballo, pasó por delante de otro, que estaba a un lado de la carretera, ensillado y sin jinete. Paró en firme al suyo con trabajo. Dio la vuelta para ver lo que era aquello. Reconoció en seguido la jaca inglesa del Duque.

—¡Oh —rugió—, ya eres mío!

Porque se imaginó en seguida que había caído. Apeose y reconoció el terreno, pero no dio con el jinete. Encendió cerillas, y nada, no encontró rastro del Duque. «Puede ser que oyendo el galope de mi caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aquí cerca» se dijo. Saltó a los prados, reconoció todo lo escrupulosamente que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, miró detrás de los setos, escudriñó la maleza, siguió un buen trecho la orilla de un arroyo que había a la izquierda. Pero se agotó la caja de fósforos antes que pudiese topar con su enemigo. Dio la vuelta desesperado, bramando de rabia.

Si efectivamente el duque de Tornos andaba por allí escondido, ¡qué buen rato debió de haber pasado!


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