El cuarto poder

El cuarto poder

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Volvamos ahora a Gonzalo. Pasó todo el día cerrado en Tejada, en un estado de agitación próximo a la demencia. La única persona que se atrevió a entrar en su cuarto fue don Rosendo. Aunque adornado con perífrasis y redundancias periodísticas que acreditaban su temperamento de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se ponía incondicionalmente de parte de él, y maldecía a su hija «cuya conducta incalificable, barrenando (últimamente le había cogido mucha afición don Rosendo al verbo barrenar), al mismo tiempo, la moral, el derecho y las prácticas sociales, la ponía fuera de toda protección legal y familiar». Él fue quien propuso encerrarla provisionalmente en un convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contestó una palabra. Escuchábale paseando por la habitación en sentido diagonal, las manos en los bolsillos, la mirada húmeda y siniestra. Tan solo levantó la cabeza para decir con firmeza:

—Llévesela usted donde quiera… ¡Pero que no vea a mis hijas! No quiero que sus labios las toquen.

Al oscurecer entró un criado a avisarle que dos señores que habían llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le cruzó por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresuró a contestar:

—Que entren.


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