El cuarto poder
El cuarto poder Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqués de Soldevilla, hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas palabras y amigos. VenÃan de parte del Duque a arreglar un asunto grave, que habÃa acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de Tornos no querÃa dejar al señor de las Cuevas sin la reparación que le debÃa. Huir en aquella ocasión, no entraba en sus costumbres y carácter, ni era digno de su jerarquÃa social. Pero al mismo tiempo, en interés de Gonzalo y de él mismo, exigÃa que todo se llevase a cabo con el mayor secreto posible.
Gonzalo dejó hablar al Marqués, que fue prolijo hasta la impertinencia, sin pestañear, afectando una tranquilidad que no sentÃa.
—Está bien —dijo cuando terminó—. Acepto, desde luego, el desafÃo. Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten… Un poco original es —añadió, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la cólera que le dominaba—. Un poco original es que sea el señor Duque quien desafÃa, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, más que en la caballerosidad parece inspirado en el miedo.