El cuarto poder

El cuarto poder

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—Vaya, buenas noches —dijo alargando a este la mano.

—Buenas noches —repuso él mirándola extático, con cierta especie de embelesamiento que no pasó inadvertido para la niña.

Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetería la hizo volver desde la puerta y preguntar a Cecilia:

—¿Dónde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por no hallarlo…

Y al mismo tiempo mostró su lindo pie.

—Pues allá está, en el cajón de la mesa de noche.

—¡Si supierais qué sueño tengo! —dijo avanzando más y colocando una mano sobre la cabeza de su hermana—. ¿Sabéis con qué se quita esto? —añadió sonriendo.

Gonzalo la examinaba con atención. Era realmente una criatura perfecta. Cuanto más de cerca se la observase, más se admiraban las singulares partes de que estaba, dotada. La epidermis era suave y brillante como el raso, de un color rosa desvanecido; la boca húmeda y fresca, de labios rojos un tanto grandes que descubrían al abrirse dos filas de dientes menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su única imperfección consistía en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie se atrevería a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.


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