El cuarto poder
El cuarto poder Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones caprichosas, afectadas, dirigÃa preguntas impertinentes a su hermana, reÃa sin motivo, la cubrÃa de besos y la sobaba sin consideración.
—Déjame, Ventura. ¡Qué retozona estás hoy! —exclamaba aquella con su franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.
—Vaya, vaya, a la cama —decÃa doña Paula.
—Voy.
Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la hacÃa cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al oÃdo:
—¡Cómo estás gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le vas a aturdir. Adiós, adiós, señores —concluyó por decir en voz alta—. Y dejar algo para mañana, ¿eh?
—¡Qué tonta! —exclamó Cecilia ruborizándose.
Doña Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:
—¡Qué pelo tan hermoso!
Ventura lo oyó, y dijo sacudiéndolo:
—Es postizo.
Todos se echaron a reÃr.