El cuarto poder

El cuarto poder

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—¿No lo cree usted? —preguntó con seriedad y acercándose—. Tire usted. Verá cómo se le queda en la mano.

El joven no se atrevió, y continuó sonriendo.

—Tire usted, tire usted —insistió ella volviendo la espalda y metiéndole el pelo por la cara.

Gonzalo llevó la mano a él, pero no hizo más que acariciarlo.

—¿Qué, no se le ha quedado? Es que está muy bien sujeto.

Y salió corriendo de la estancia.

Un rato todavía duró el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos de la vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo que debían hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma que apenas era poderosa a ocultar. Le había cogido una mano y se la apretaba y acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba a los labios y se la besaba con fuerza. Doña Paula la miraba con enternecimiento y sonreía gozándose en la felicidad que inundaba el corazón de su hija.

El reloj del comedor vibró, dando las doce y media. Gonzalo levantose apresuradamente.

—¡Oh, qué tarde! ¿Qué dirá don Rosendo?

—Nunca se acuesta antes de esta hora —repuso Cecilia.


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