El cuarto poder
El cuarto poder Las mujeres y los muchachos estaban más socorridos de asuntos para saciar el humano afán de novedades: la llegada de un forastero guapo y elegante (gran sensación entre las niñas casaderas), que Fulanito acompañó a Margarita en el paseo por primera vez (¿por lo visto es cosa hecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslomó a su mujer de una paliza (¡bien empleado la está por haberse casado con ese burro…!). El traje que Fulanita sacó el día de Nuestra Señora (dicen que vino de Madrid… ¡Qué Madrid, mujer, si yo misma se lo he visto cortar a Martina!). El baile de confianza que se dará el jueves en el Liceo. (No toca baile ese día. Pagan el gasto los pollos a escote). Los graves varones que se reunían en el Saloncillo desdeñaban estos temas, aunque de vez en cuando, por excepción, picaban en ellos.
A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcalde don Roque, ya Gonzalo les había saludado la noche anterior. Pero estaban allí además Gabino Maza, don Feliciano Gómez, el ingeniero francés M. Delaunay, Álvaro Peña, Marín, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco o seis señores, que se levantaron para abrazarle.