La aldea perdida
La aldea perdida Si no por el valor indomable, resplandecÃa en las peleas por su consejo, cuerdo siempre y atinado, por la astucia y el artificio de sus trazas. ResplandecÃa también en los lagares y esfoyazas por la oportunidad y donaire de su lengua; en las danzas por su extremada voz y el variado repertorio de sus romances, en los bailes por la destreza de sus piernas, por su aire gentil y desenvuelto. Pero mejor que en parte alguna resplandecÃa en cualquier rincón solitario al lado de una bella. Ninguno supo jamás apoderarse más pronto de su corazón, ninguno más rendido y zalamero ni más osado á la vez, pero tampoco ¡ay!, ninguno más inconstante. Más de una y más de dos podÃan dar en el valle de Laviana testimonio lamentable de su galanura y su perfidia.
—Paréceme, Quino —respondió Bartolo, —que se te ha ido la lengua y has hablado más de lo que está en razón. Bien está que vayamos á Fresnedo y á la Braña á dar satisfacción á los amigos; pero de eso á decir que los de LorÃo nos han de moler las costillas hay lo menos legua y media de distancia. Mientras á Bartolo, el hijo de la tÃa Jeroma, no se le rompa en la mano este palito tan cuco de fresno, ningún cerdo de LorÃo le molerá nada.