La aldea perdida
La aldea perdida —Si no le molestase… —volvió á decir Flora.
—No, no me molestas —respondió con dulzura y sonriendo el capitán.
—Regalado se va ahora mismo á Langreo. ¿Le envía usted allá?
El capitán se puso serio repentinamente. Á pesar de la predilección que sentía por aquella chiquilla, no pudo menos de reconocer que la pregunta era atrevida é indiscreta.
—¡Pchs! Negocios… negocios de hombres —murmuró sordamente. —Anda, vé á decir en la cocina que me hagan el chocolate.
—Es que D.ª Robustiana está llorando y dice que su marido no va á Langreo, sino á Bimenes en busca de una viuda que se llama Celedonia —manifestó con graciosa entereza la chica.
D. Félix abrió los ojos sorprendido y al instante brilló en ellos una sonrisa maliciosa.
—¡Este Regalado! —exclamó sacudiendo la cabeza con amable condescendencia.