La aldea perdida

La aldea perdida

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La verdad que él mismo no sabía el origen mitológico de su mote. Su padre, que era guarda de herramientas en la mina de Arnao, cerca de Avilés, tenía en el fondo de ella una caseta de madera donde solía dormir. Allí sorprendieron los dolores de parto á su madre y allí le echó al mundo. Mr. Jacobi, ingeniero alemán, director de la explotación, hombre letrado y no poco bromista, comenzó á llamarle Plutón por haber nacido debajo de tierra, y Plutón le quedó.

—Parece —siguió después el minero, mirándolas á entrambas con sus ojos de fiera traidora— que no os gustan las caras manchadas de carbón… Os alegran más las que están salpicadas de leche y borona como las de aquellos zotes que os acompañaban en la lumbrada del Carmen…

—¡Podían no gustarnos más! —exclamó con desenfado Flora. —Aquéllos son hombres… y vosotros unos micos.

—Pues á ese zángano que te corteja —profirió Plutón dirigiéndose bruscamente á Demetria— nadie le corta el pescuezo más que yo.

Demetria le miró estupefacta con más sorpresa que indignación. Flora volvió á dar suelta á su risa.

—¿Sabes lo que digo? —manifestó al cabo encarándose con Plutón. —Que si Nolo te coge con un dedo te manda dando volteretas por encima de aquel monte que allí ves y se llama Peña-Mea.


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