La aldea perdida
La aldea perdida —¡Ay, Plutón! —exclamó Flora soltando una estrepitosa carcajada—. ¡Ay, Plutón!, ¡qué gracia!… ¡Toma, Plutón!… ¡aquÃ, Plutón!
Y se retorcÃa de risa, dándose en las rodillas con las palmas de las manos.
—¡De qué te rÃes tú, bestia! —profirió el designado por aquel nombre mirándola iracundo.
Flora no hizo caso alguno de su cólera y siguió riendo á boca llena. Por fin dijo:
—Me rÃo porque D. Félix tuvo hace algunos años un perro que se llamaba como tú… Por cierto que rabió y Regalado le mató de un tiro.
—Pues yo, sin rabiar, si te descuidas te voy á clavar los dientes —manifestó Plutón echándole una mirada torva.
—No seas tan valiente —respondió la niña sin perder un punto de su alegrÃa. —¿Y por qué te llaman Plutón? Ese no es nombre de cristiano.
—Porque les da la gana —respondió el minero secamente.