La aldea perdida
La aldea perdida Los caminos eran de montaña: unas veces senderos en los prados, otras en los bosques de castaños, otras, en fin, calzadas estrechÃsimas entre paredillas recubiertas de zarzamora y madreselva. En el recodo de una de estas calzadas se encontró de improviso con Nolo. Ambos quedaron sorprendidos y sonrieron avergonzados sin pronunciar palabra. Fué Demetria quien primero rompió con franqueza el silencio:
—Iba á la Braña, Nolo.
—Y yo á Canzana, Demetria.
—TenÃa que hablarte.
—Yo á ti también.
Demetria le miró sorprendida.
—¿Sabes algo? —le preguntó vacilante.
—SÃ… Ayer me dijeron lo que habÃa pasado por la mañana en tu casa.
Los dos guardaron silencio. Se habÃan arrimado á la paredilla, el uno al lado del otro. Demetria arrancó un retoño verde de la zarza y lo deshizo entre los dedos con la mirada fija en el suelo. Nolo con los ojos abatidos igualmente daba golpecitos con su nudoso garrote sobre las piedras del camino.