Esperanza. La autobiografía
Esperanza. La autobiografía Desde el inicio del ministerio, el encuentro con los más humildes marcó el camino. En las villas miseria, en los hospitales, en los hogares de los ancianos abandonados, ahí estaba el rostro real de Cristo. La religión no podía limitarse a los templos; la Iglesia tenía que ser un hospital de campaña, un refugio para quienes no tenían a dónde ir.
Un día, un sacerdote comentó con preocupación: —Cada vez hay más pobres en la ciudad. No damos abasto.
La respuesta fue inmediata: —No se trata de dar lo que sobra. Se trata de compartir lo que tenemos.
La pobreza no era una cuestión de números, sino de rostros. Niños sin hogar, ancianos olvidados, madres que no sabían cómo alimentar a sus hijos. La indiferencia de la sociedad pesaba más que la falta de recursos.
En una visita a una parroquia de un barrio empobrecido, una mujer se acercó con lágrimas en los ojos: —Padre, me han echado del trabajo. No sé qué hacer.
Las palabras de consuelo no eran suficientes. Se necesitaba algo más: acción concreta. La Iglesia debía estar al lado de los que sufrían, no como benefactora, sino como hermana.