Esperanza. La autobiografía
Esperanza. La autobiografía El barrio era el otro gran maestro. Las calles de Buenos Aires estaban llenas de contrastes: la pobreza, el bullicio, la esperanza de quienes, como ellos, habían llegado con lo puesto. En los patios de conventillos se mezclaban los acentos del Piamonte, de Sicilia, de Galicia. La vida era dura, pero siempre había espacio para la solidaridad.
En la escuela, los días transcurrían entre libros gastados y pizarras llenas de números. Pero lo más importante no estaba en los cuadernos, sino en las palabras de los maestros. Un profesor repitió una frase que se quedó grabada:
—El que no vive para servir, no sirve para vivir.
La fe no era algo abstracto, sino una experiencia cotidiana. En la casa, la imagen de la Virgen presidía la sala. Se rezaba el rosario en familia, pero más que oraciones, se enseñaba con el ejemplo. La religión no era solo ir a misa los domingos, sino compartir lo poco que se tenía con los que tenían menos.
Un día, un mendigo tocó la puerta de la casa. La abuela Rosa lo recibió y le dio de comer. Cuando el hombre se marchó, ella miró a los niños y dijo:
—Cuando un pobre llama a tu puerta, es Cristo el que está llamando.
