El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —¡Es una gente! —repetÃa Igor, en cuya cara pomulosa y barbuda se leÃa una repugnancia antigua, evocada de nuevo—. ¡Cualquiera se asombra de lo que comen! ¡No es comer; es como si un saco tuviese la boca abierta y en él echásemos todo, crudo, medio cocido, medio perdido ya…, o perdido enteramente, que yo lo he visto! ¡Delante de mà hirieron a un reno y se comieron pedazos de su carne antes que expirase! ¡Y luego devoraron la papilla, a medio digerir, de las hierbas que el reno tenÃa en el estómago!
—Si esa gente no come lo mismo que fieras, no resiste el clima —observé.
Igor no apreció la excusa. HacÃa gestos de desagrado, muecas de horror, y acabó por referirme un episodio que traslado, de su lenguaje semiespañol, falto de vocabulario y abundante en exclamaciones y onomatopeyas, al habla corriente.
—No son hombres como nosotros, no… Aparentan mucho afecto a sus niños; nunca les riñen ni les castigan; pero si abundan, los depositan en una cuna de hielo, al borde del mar, y allà los dejan morir de frÃo… El respeto a los padres es exagerado; delante de ellos no alzan la voz: ¡y he aquà lo que ocurrió a mi vista; lo que no pudimos impedir, y el jefe de la factorÃa me dijo que sucedÃa siempre y que anda escrito en los libros de los sabios!