El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos El dÃa señalado presentóse ante la fortaleza de Kalil una dilatada comitiva regia. Al frente, rigiendo su caballo, cuyos jaeces desaparecÃan bajo los bordados de plata, cabalgaba Osmán, vistiendo, con su habitual sencillez, caftán de larga manga perdida, colorado bonetillo que rodeaba blanco turbante de haldas —la corona korosánica— y, según conviene al que llega a casa de un amigo, ningún arma ni escolta fuerte. Era Osmán diestro jinete, y a caballo disimulaba el defecto de su configuración, los largos brazos que descendÃan hasta más abajo de la rodilla. La majestad de su actitud y la gravedad de su semblante barbudo y velloso infundÃan respeto. Kalil sintió un recelo indefinible. Iba a asesinar al huésped, maldad que pocos de su raza osarÃan cometer. Pero para retroceder era tarde. Los demás conjurados, en número de doce, estaban ocultos en el castillo aguardando el momento…
Detrás de Osmán, en prolongada fila, venÃan las jóvenes odaliscas, rigurosamente rebozadas hasta los pies. Imposible adivinar nada de sus facciones, ni aún de sus formas: tanto cendal las envolvÃa. Sólo se oÃa el choque metálico de collares y ajorcas. Y como Nilufer, chanceramente, vibrando una mirada de sus ojos de gacela al caudillo, le preguntase si no serÃa lÃcito admirar la beldad de las hurÃes, Osmán respondió con naturalidad que, mientras él viviese, nadie verÃa la faz de mujer que fuese suya.