El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —¡Ah, felices las que pertenezcamos a Kalil! —exclamó con coqueterÃa la novia.
—Felices también los amigos de Kalil —declaró Osmán, sin recargar la ironÃa al pronunciar la ambigua frase.
Y cruzaron la puerta de herradura del castillo, y detrás pasaron las mujeres veladas, y sus guardianes, y los carros donde pesados cofres de cuero relevado encerraban los tesoros de Osmán. Pidió éste licencia para acomodar su harén lo primero, y se encerró con las mujeres en las habitaciones reservadas. Cayeron, en menos de un minuto, los densos cendales y sutiles lanas envolvedoras, y aparecieron las gallardas figuras y los viriles rostros de los cuarenta montañeses del Aral, que seguÃan a Osmán en los combates y le defendÃan como leales perros, formando una guardia a prueba. Sus armas eran lo que sonaba a metal. Recibieron una consigna, y Osmán, con la sonrisa en los labios y el puñal corvo oculto en el pecho, bajó a reunirse con Kalil. ConocÃa la conjura desde que se fraguó; la suerte, prendada de los que han de ejecutar cosas memorables, quiso que entre los conjurados hubiese uno que le previno…