El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Al preguntarle yo a Torcuato si no habÃa estado enfermo nunca (una enfermedad arruina al que lleva exactamente empalmados gastos con ingresos), me respondió:
—¡Enfermo! No tuve tiempo de enfermar… ¡Lo único que se me resintió algo fue el estómago, y por eso me ve usted aquÃ, en Caldasrojas, en el camino, y ocioso, y sin mi madre, por primera vez de mi vida! ¡Estoy embriagado de sensaciones; loco perdido de aire libre y de olor de flores y árboles! Pero ¡no crea usted que aun asà me aparto de mi camino! Por más que mi juventud se me suba a la cabeza —¡y hay horas en que se me sube, y al corazón también, y espumante y furiosa!—, la voluntad está sobre todo. Mando en mÃ, y no habrá fuerza que me impida llevar a término mis planes de asegurar el porvenir, la vejez tranquila y dichosa de mi madre, y mi propia suerte. Tengo algún entendimiento, alguna disposición: otro malgastarÃa este capital; yo lo beneficiaré con réditos crecidos. El que quiere, puede. ¡Es el Evangelio!