El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos Me hablaba asà Torcuato a la vuelta de un paseo por la carretera que conduce al Borde, en la cual ritma la conversación el chirrido quejumbroso del eje de los carros cargados, que pasan lentos, sin alzar polvo, en la melancolÃa de la puesta de sol. No se borrará de mi memoria: dos de estos carros cruzaban en sentido contrario al nuestro, y su carga era de pieles de buey a medio curtir, mercancÃa que se exporta en la costa para Inglaterra. El sol, moribundo, se reflejaba en los pelajes cobrizos manchados de blanco amarillento. Torcuato accionaba con la diestra y de pronto vi que en ella refulgÃa una chispa verde, metálica, y que él sacudÃa la mano, como el que espanta un bichejo incómodo.
—¡Maldita! Me ha picado…
Sentà un escalofrÃo, que no era razonado, sino involuntario, y cogà la mano de Torcuato vivamente. No se notaba señal de la picadura. Seguimos andando, pero yo no habÃa perdido las ganas de charlar, y miraba de reojo a mi joven amigo. A poco noté que maquinalmente rascaba el sitio de la picadura, y vi deshacerse la vesÃcula recién formada y sustituirla una depresión negruzca. Me «sentû palidecer. Distábamos más de una legua del pueblecillo.
—Aprisa, andemos… No vale nada la picada esa, pero querrÃa quemársela a usted con un cáustico.
—¡Se me está hinchando la mano! —murmuró Torcuato con más sorpresa que alarma.