El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —Oigame usted sin prevenciones; trataré de que usted comprenda… Lo que usted llama mi aprensión, en hechos se funda —y la señora suspiró hondamente—. Mi marido era negociante en frutas y productos agrÃcolas; se habÃa dedicado a este tráfico por necesidad; la oposición de mis padres a nuestra boda nos obligó a buscarnos la subsistencia; yo salà de mi casa con lo puesto, y Roberto, pobrecillo, ¡el talento que tenÃa!, ¡hacÃa versos preciosos, preciosos!, no encontró otra manera de evitar que nos muriésemos de hambre… Compraba en los pueblos de la huerta las cosechas y revendÃa para el extranjero. HabÃa alquilado una casita, con jardÃn, al borde del mar, y allà nos reunÃamos siempre que podÃa; porque, muy a menudo, las exigencias del negocio le tenÃan ausente semanas enteras, y hasta temporadas de quince o veinte dÃas, especialmente a fines de otoño, que es cuando se activa el tráfico. Eso sÃ; ya iba ganando mucho, y nos halagaba la esperanza de llegar a ricos; para ser completamente dichosos nos faltaba sólo un hijo; eran pasados más de dos años, y el hijo no venÃa; pero Roberto me consolaba: «Lo tendrás, lo tendrás… Primero me faltarÃa a mà la vida y la sangre de las venas…». Asà decÃa… ¡Cómo me acuerdo de sus palabras!…