El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos La señora saltó literalmente, en la silla; creí que iba a abofetearme.
—Esa atrocidad no me la repita usted, doctor, si no quiere que me mate y que mate antes al niño… —y los ojos desquiciados me lanzaron una chispa de furiosa locura—. Pues qué, ¿confundiría yo con nadie a mi Roberto? Su voz, sus brazos, ¿se parecían a los de nadie? ¡No lo dude usted! Era él mismo… era su alma… y por eso mi hijo no tiene cuerpo…, es decir, no tiene vigor físico, carece de fuerzas… Es hijo «de un alma»… Eso es, y nada más… Si no lo entiende usted así, doctor, bien poco alcanza su ciencia… Pero ya que no van ustedes más allá de la materia, voy a darle a usted una prueba, una prueba indudable, evidente, para confundir al más escéptico… Mire este retrato, de cuando mi esposo era niño…
Sacó del pecho un medallón que encerraba una fotografía; lo besó con transporte, y me lo entregó. Confieso que di un respingo de sorpresa: veía exactamente el mismo semblante del niño que, a dos pasos de nosotros, detrás de la cerrada puerta, se entretenía en hojear ilustraciones…
—¡Eso ya es difícil de explicar! —exclamé interrumpiendo al médico.