El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —Es la definición exacta: arenisca —contestó él súbitamente, plegado de preocupación el negro ceño—. Le dices hoy una cosa, parece hacerle impresión, y al otro dÃa comprendes que todo se ha borrado… ¡Por más que quiero fijarla, no lo consigo! En fin, eso, ¿qué importa?
—Sà importa, Braulio…
Y viéndole silencioso, agregué:
—¿Me permites evocar un recuerdo de viaje? Este verano estuve en el monte de San Miguel… ¿Sabes tú cómo hay que hacer para llegar? Por tres caminos se puede emprender la expedición: Avranches, Pontaubault o Genêt. En cualquiera de ellos hace falta, ante todo, provistarse de un guÃa. Los coches de lÃnea llevan delante un explorador o batidor, que, con larga pértiga, reconoce los arenales antes que el carruaje se aventure; porque no son raros los casos de haberse hundido la diligencia, con todos sus viajeros, como sorbida por invisible boca, y haber sido dificilÃsimo el salvamento, cuando no imposible… ¡Pide a Dios —añadÃ, haciendo una digresión intencionada— que tus pies se apoyen en dura roca, o pisen el ardiente polvo del desierto africano, o la lava volcánica del Vesubio, o aquel suelo sembrado de guijarros tan cortantes y agudos, que nuestros soldados, desgarrándose los pies, le llamaron sierra de las Navajas! ¡Todo, todo, excepto la arena! La arena es horrible…