El pozo de la vida y otros cuentos tragicos
El pozo de la vida y otros cuentos tragicos —Era —contestó el registrador, en el tono del que reflexiona en algo que hasta entonces no se habÃa presentado a su pensamiento— el chico más formal, más exento de vicios, más libre de malas compañÃas que he conocido nunca. RetraÃdo hasta lo sumo, muy estudioso; nosotros, por efecto de esta misma condición suya, le tuvimos en concepto de un poco chiflado. Ya ve usted: todos fuimos aquella noche a divertirnos y a correrla, menos él, y si hubiese ido, no le matan… Para dar a usted idea de lo que era el pobre, se acostaba muy temprano, y encargaba que le despertasen asà que amanecÃa, sólo por el prurito de estudiar.
—¿Recuerda usted dónde estudiaba?
—¡Ah! Eso, en todas partes. A veces se traÃa a casa libros; otras se pasaba el dÃa en bibliotecas on sabe Dios en qué rincones.
—Amigo registrador —interrump×, que me maten si no empiezo a rastrear algo de luz en el sombrÃo enigma.
—¡PermÃtame que lo dude!… ¡Tanto como se indagó entonces!… ¡Tantos pasos como dieron la justicia y la policÃa, y hasta nosotros mismos, sin que se haya llegado a saber nada!