Ifigenia
Ifigenia Así pensaba ayer, mirando los distintos verdes en las matas del corral, mientras yacía acostada cuan larga soy, sobre un enorme baúl lleno de viejas etiquetas de todas formas y colores, el cual perteneció a mi difunto tío Enrique, y el cual en la actualidad se halla situado bajo el amplio tinglado del corral frente a las gallinas meditabundas y entre la tabla de planchar y la cesta de la ropa limpia. Allí, baldado, triste y decaído, con el llanto de todas sus desgarradas etiquetas, llora, y llora de nostalgia el pobre viejo, mientras recuerda como yo los pasados viajes y las pasadas aventuras por tierras lejanas.
Es el caso que este pedazo de campo encerrado entre cuatro tapias que acostumbran a llamar corral es para mí una delicia y es también el origen de todos mis ensueños y meditaciones. Tía Clara no lo comprende así y dice casi todos los días:
—El puesto de una señorita no es el corral, ni su sociedad la de los sirvientes.