Ifigenia
Ifigenia Como los vástagos destronados tengo en San Nicolás mi solitario rincón, y es este cuarto que me han adjudicado para mí sola. Ya está lleno, tan lleno, y tan rebosante de mí misma que lo quiero mucho. Lo quiero además porque se parece a mi cuarto de Caracas, y porque tiene reja sombreada y florecida como la tiene aquél. Pero sucede que allá, en Caracas, los azahares que brotan en los naranjos de mi reja son propiedad de los naranjos, y aquí no, aquí las flores que brotan en la rama de acacia que viene a sombrear mi reja, no son propiedad de la mata de acacia, sino que pertenecen a una bellísima que un poco más allá de la ventana ha trepado por la pared, se ha agarrado a la acacia, se ha metido por ella, y la tiene toda agobiada y entretejida de bejucos y de flores. Y la acacia, en lugar de protestar contra semejante abuso, no, se ensancha, se explaya muy satisfecha como una sombrilla inmensa, parece estar muy contenta de tener encima todas las flores que le va poniendo la bellísima, y en una de sus ramas me las ofrece y me las trae aquí a los propios barrotes de la ventana. Cuando yo me despierto todas las mañanas le digo a la rama: