Ifigenia
Ifigenia Creo que la antipatía es un sentimiento caprichoso y superficial que en el fondo no existe ni tiene razón de ser. En realidad casi nadie es antipático. Si se considera a las personas muy de cerca y se penetra con bondad en la esencia de su psicología, acabamos por admirar sus cualidades, y tolerar sus defectos, como en el orden físico toleramos la lluvia; el calor; las manchas en la pared del cuarto que habitamos; o la almohada dura de la cama en que dormimos: todo es cuestión de tiempo y de paciencia. Esta es a mi ver una de las pruebas más palpables de que el hombre es un animal sociable que ha nacido para vivir en compañía de sus semejantes. Si ciertos defectos que ostentan a veces los demás nos crispasen siempre los nervios como el primer día en que los conocimos, acabaríamos sin duda ninguna por preferir el suicidio a la compañía de esas personas. Pero afortunadamente todo en la naturaleza está muy bien ordenado y la costumbre, que es muy conciliadora, hace el papel de cordial sobre los nervios y nos predica evangélicamente aquello de: «Amaos los unos a los otros». La antipatía en realidad sólo subsiste cuando tiene por base la envidia, y cuando la persona a quien se envidia, y se trata de cerca, en vez de decaer en el aprecio o admiración del envidioso, continúa creciendo más y más dentro de dicho espontáneo sentimiento de aprecio o admiración. Poniendo a un lado toda modestia, voy a confesar que este es el caso en que yo me encuentro respecto a mi tía, la honrada, ojerosa, moral y elocuentísima María Antonia Fernández de Aguirre, mujer de mi tío Eduardo Aguirre. Así como yo me he reconciliado con sus hijos, María Antonia, en cambio, cada día que pasa, me detesta más: ¡Qué caudal de sinceridad derrocha para mostrarme su admiración y su antipatía aparejadas y resumidas dentro de su envidia, y cómo esta envidia suya se ingenia y se pone vidrios de aumento en los ojos, para exagerar mis pobres cualidades!