Ifigenia

Ifigenia

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¡Ah! querido arreo, disciplinado ejército, y qué bien me secundas en mi táctica pacífica y terrible, la cual tiene siempre titilando aquellas dos brillantes luminarias, que se asoman en aquellas dos negrísimas ojeras!

Pero nada es comparable al poder que ejerzo sobre Pedro José, y al culto casi fanático que éste me profesa. Para demoler en lo posible la obra de su madre, ya que no podía alterar la esencia misma de su ser, le he alterado el nombre que es el símbolo o representación gráfica de dicha esencia: En lugar de Pedro José le llamo Perucho, y Perucho es a la vez mi paje, mi escudero, y mi trovador. No pasa un día sin que lleve a mi cuarto flores, aguacates, mangos o alguna dulcísima caña pelada y distribuida en menudos gajos. Perucho me ha dedicado unos versos que le valieron un expresivo abrazo y es él quien me acompaña siempre en los largos y silenciosos paseos que emprendo todas las tardes.

Son estos diarios paseos, delicia y altísima fruición de mi espíritu, y son al mismo tiempo terrible incentivo del mal humor de María Antonia. Y es que no bien han dado las cuatro, cuando ya, con mi ancha falda corta de montar, mis polainas, mi sombrero alón atado sobre la barba a la moda llanera, y mi vara de sauce en la mano, con el solo objeto de exaltar dentro de sus órbitas los ojos de María Antonia, comienzo a escandalizar la casa gritando:


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