Ifigenia

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—¡Perucho! ¡Perucho! ¿Ensillaste ya?

Y Perucho, que me espera bajo los guayabos con los caballos ya listos atados a los troncos de los árboles, me contesta con un silbido ensordeced que trata de imitar el pito de una locomotora. Tan gran escándalo, iniciado del movimiento de partida, y absolutamente innecesario, produce naturalmente el efecto deseado. María Antonia indignada se pone a comentar a media voz:

—¡Qué me repugnan esos sobrenombres! ¡Qué feas y qué peligrosas me parecen esas intimidades con los muchachos varones!

Pero yo hago como si nada hubiese oído, y me dirijo hacia la sombra de los guayabos donde me esperan Perucho y los dos caballos. El me ayuda a montar mientras explica algo que poco más, poco menos, acostumbra ser así:

—Le di mucho maíz a mi caballo, para que no esté tan flojo como ayer. Al tuyo lo ensillé hoy con la cincha de la muía del mayordomo, el bocado del zaino, la gualdrapa nueva, y las riendas del caballo de Papá que son muy suaves.

Este sistema de selección siembra el mayor desorden entre los aparejos de montar, y le valen al pobre Perucho las más terribles filípicas. Pero él, con un estoicismo digno de mejor causa, aguanta el chaparrón, y al siguiente día vuelve a hacer lo mismo.


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