Ifigenia

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Abuelita, complacida y sonriente de vernos tan unidos, suele presenciar la partida tras una de las ventanas de la casa, y siempre, al arrancar los caballos, asoma boca y nariz por entre dos barrotes, para gritar estas o parecidas recomendaciones:

—¡Poco a poco, niños! ¡No vayan tan ligero! ¡Cuidado con las ramas! ¡Cuidado con un mal paso! ¡Cuidado con una espantada de las bestias! ¡¡y tú, Pedro José, atiéndela mucho, camina detrás de ella, miren que una caída de caballo es muy peligrosa!!…

Y trotando, trotando, con la brisa que nos azota el rostro, mi escudero y yo, bajamos el callejón, andamos un rato por la vega, nos internamos después entre las breñas de los cañaotes, y comenzamos a trepar montaña arriba. Entonces, mientras camino contemplando el paisaje, o mirando las blancas crines de mi caballo suavemente agitadas por el aire, medito un instante sobre las últimas palabras de María Antonia y Abuelita.

Estas pequeñas meditaciones, suelen despertar en mi espíritu, pensamientos filosóficos, si es que así pueden llamarse ciertas observaciones o razonamientos que acostumbro hacer en mis ratos de soliloquio y que no confieso a nadie por temor de que puedan parecer impertinentes o ridículas. Mientras corre mi caballo al lado del de Perucho, que como yo, va también abismado en un profundo silencio, suelo comentar estas meditaciones exclamando interiormente:


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