Ifigenia
Ifigenia Según pienso ahora, yo me juzgaba muy severamente a mí misma cuando encontré ridícula la costumbre de escribir mis impresiones. En desagravio, quiero declarar hoy solemnemente, que las borroneadas cuartillas que se hallaban en el doble fondo de mi armario de luna, no son ridículas, sino que por el contrario, encierran para mí, gran interés psicológico. En cuanto a la forma literaria, tienen muchos defectos que he notado, además de los otros muchísimos que no he notado. Según parece, los defectos pertenecientes a esta segunda categoría, pululan escondidos por millones, ante los propios ojos de un autor, razón por la cual, los literatos que son muy honrados en sus convicciones, suelen juzgar geniales todas aquellas obras que surgen de su pluma, y por esta misma razón, con no menos honradez, suelen juzgar imbéciles y cretinos a todos aquellos lectores que no las juzguen geniales.
Como soy a la vez autor y único público de mis obras, gozo de la inmensa satisfacción de admirar mi talento literario, sin tener por qué quejarme de la idiotez humana, ni calificar con palabras insultantes a mis prójimos, cosa esta, que, a más de ser desagradable e irritante, es muy poco cristiana. Creo que si todos los autores hicieran como yo, se ahorrarían a sí mismos numerosísimos disgustos. Pero según veo la prudencia y el espíritu de previsión no abundan mucho en el gremio de los literatos.