Ifigenia

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—Para el teatro se pueden usar vestidos un poco abiertos, decentemente abiertos, pero escotados: ¡nunca! (Y otra vez:) ¿Qué papel tan ridículo no hace un marido que se sienta en el teatro frente al público con su mujer desnuda?

Ahora sí me arriesgué a contestar explicando con muchísima suavidad:

—Yo no digo estar desnuda, pero en fin… escotada, un poquito escotada, como todas las mujeres chic.

—¡No, no, no!, yo no consentiré nunca que mi mujer se escote… ¡aunque no sea chic!

Y al decir la palabra chic su voz tomó una entonación tan atiplada y desagradable, que gracias a ella, comprendí inmediatamente, el profundo y sabio desdén que debemos de experimentar ante las peligrosas frivolidades mundanas.

Además de haber observado en otros casos tan elocuentes como el anterior el gran interés que Leal tiene por mí, he observado también que le desagrada mucho el que yo tome cualquier iniciativa que no sea insinuada por él, y he observado sobre todo que le desagrada profundamente el que yo pueda proporcionarme un placer por insignificante que sea que no me venga de sus manos.

Abuelita, que ha observado como yo estas particularidades, como yo las aprecia también mucho, puesto que suele decir:


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