Ifigenia
Ifigenia ¡El beso! ¡ah!, lo digo ahora y lo repetiré toda mi vida; el beso, «ese secreto de amor, en que se toma la boca por oÃdo» ¡no es nada, pero absolutamente nada interesante! TodavÃa el primer beso tiene el atractivo de lo desconocido, el terror de lo prohibido, y el remordimiento de lo ilÃcito, pero una vez pasado ese remordimiento, ese terror, y ese atractivo, para los besos subsiguientes de la serie: ¡no queda nada!… por más que sÃ, sà queda algo… algo, que viene a ser bastante desagradable… ¡Ah! si al menos no existiera en el mundo el horrible vicio del cigarro, y si al menos los hombres no tuvieran la manÃa de cortarse los bigotes a la americana erizados y duros como esos cepillos de frotar a los caballos, todavÃa… ¡todavÃa podrÃa explicarme el que algunas personas tuvieran el capricho de elogiar el beso!… ¡Ah! y no es nada, si al cigarro y al cepillo de frotar caballos, viene a sumarse este temor horrible de que pueda descubrirse lo del «Rouge vif de Saint-Ange»!… Por eso lo declaro aquà solemnemente y por segunda vez: yo no elogiaré nunca jamás el beso. Tengo la completa seguridad de que es una invención muy insulsa, que a más de exponernos al peligro de ser vistos por una tercera persona, circunstancia cuya menor consecuencia serÃa la del ridÃculo, creo que como entretenimiento es muy monótono, y como costumbre puede llegar a ser antihigiénica.