Ifigenia
Ifigenia Y ahora que recuerdo ¡qué tonta, pero qué tonta, Dios mÃo, estuve ayer, cuando, en mi turbación, tiré la cuchara llena de café con leche junto a la almohada de tÃo Pancho, y la sábana, y la almohada, y la manta, y la cama entera se salpicó toda de café con leche!… ¡Qué figura tan ridÃcula debÃa tener yo en aquel instante, sonrojada y despeinada, y sin saber qué hacer, con mi kimono entreabierto sobre el seno, y la taza de café temblando en mi mano derecha… Pero claro… la sorpresa… ¡si era la que yo menos esperaba!…
¡Ah! En el monótono rosario de mis dÃas, ¡qué dÃa extraño será siempre ese extraño dÃa de ayer! ¡Y cómo lo recuerdo todo, todo, en sus más pequeños detalles!
Después de la noche de insomnio, el desayuno, el baño y luego, mientras tÃa Clara se quedaba al cuidado de tÃo Pancho, rendida de emoción y rendida de sueño, me vine a dormir un rato a esta misma habitación en donde estoy ahora. Dormà profundamente. Al levantarme fui como de costumbre a ver lo que ocurrÃa en el cuarto de tÃo Pancho. TÃa Clara se habÃa ausentado por algunos minutos, y Gregoria, que estaba de guardia, me contó:
—Aquà pasó la mañana un Niño que entiende de medicina. ¡Pero tan buen mozo, y tan fino, y tan amable como estuvo con el pobre Don Pancho! Se fue ahorita mismo con la Niña Clara, y dijo que volvÃa…