Ifigenia

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Abstraída como estaba en mirar a lo lejos el reloj, sin atender a Gregoria, le corté la palabra diciendo que fuese a buscar en seguida el café con leche, porque se nos pasaba la hora reglamentaria de dar al enfermo su alimento. Gregoria volvió a poco trayendo la taza, y entonces, me senté en la cama, junto a la almohada, y con la pobre cabeza gris apoyada en mi pecho, lentamente, entre los labios exangües, iba dejando caer gota por gota la leche tibia mezclada con la tinta del café. De pronto, llamaron con los nudillos en la puerta y Gregoria contestó:

—¡Adelante!











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